martes 20 de octubre de 2009

Capítulo II - parte dos

Pero C. se olvidó de mí. Yo la quería tanto, la conocí allá en la clínica, que, a decir verdad, para mi era una suerte de resort, con un lindo jardín de flores, tecito cuando tu quisieras, cigarrillos cuando tu quisieras, acceso permitido a la gente que tú quisieras, mermelada que hacía la monjita que manejaba el lugar con frutos sacados del jardín. Un gran taller en donde creábamos lo que quisiéramos, bajo la música que quisiéramos y toda la gente queriendo que uno esté bien. Era un buen lugar.
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Mi pololo de aquel entonces, hacía una hazaña increíble que aún valoro profundamente para ir a verme, si no recuerdo mal, casi todos los días. Viajaba dos horas o más en micro, solo para verme una o dos horas al día. Yo escondía la plata que me daba mi mamá para que él pudiese hacer todos esos viajes y se la entregaba. En una clínica no puedes tener plata. Ese gesto que duró mucho tiempo aun es importante para mi y tanto así, que años después escribí un poema muy hermoso y coloquial, que un amigo poeta dijo que era uno de los mejores que había leído. Ahí menciono sus trayectos, las calles por donde pasaba: Eloísa Díaz, La Calesa, lo imaginé años después haciendo ese viaje hasta mi. Cuando la vida nos costaba dos boletos de micro. Eso escribí. Llegaba y dormíamos. Cada uno en su propio sueño o pesadilla, no sé, pero te lo agradezco. Aunque por haberte hecho pasar por tantas cosas, ya no pueda ni siquiera hablarte de verguenza.
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Y C. debería sentir verguenza por olvidarse de mi. Verguenza porque éramos bacanes. Ahí en el Pensionado San José, clínica para señoritas, C. y yo nos dedicábamos a diversas manualidades, el tejido era una de las aficiones de la C. y éramos tan rudas y malas que cortábamos las lanas con el calor del cigarrillo prendido y tejíamos a dos manos, sujetando el cigarrillo con los labios. Esto pasó hace más de diez años, pero aun recuerdo que C. estaba tejiendo algo amarillo. Le gustaba el grupo chileno Los Miserables, a mi no, pero la quería igual. Yo me acuerdo, aunque ella me haya olvidado, de que ella también me quería. Me puso un sobrenombre: Suerito; porque todas las mañanas tenía que esperarme como tres horas a que me bajara todo el suero con los remedios para la tristeza antes de poder ir al taller juntas. Se paraba apoyándose en el marco de la puerta de mi habitación, toda flaca y oscura, y me decía "ya poh, Suerito, apúrate" y yo con cara de qué quieres que haga, la veía entrar haciendo ademanes sigilosos y manipulaba el regulador de goteo y me lo ponía al máximo. Dolía, porque el suero estaba helado -lo guardan en refrigeradores-, pero no me importaba, yo quería estar con C. Ella lo sabía, así que aparecía minutos después de que la enfermera me bajaba el goteo. Me lo volvía a aumentar, me hacia cariño en el brazo que me dolía de frío y me lo tapaba con muchas frazadas.
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-¿Te prendo un cigarro? -Me decía.
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Y abría mi cajón y sacaba mis Kent Super. Me prendía uno y me lo pasaba. Me acercaba el cenicero.
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-Ya. Así estás muy fome, vuelvo más rato.
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Ahora me doy cuenta de que quizás a C. le daba pena verme así.

viernes 18 de septiembre de 2009

Capítulo II

Pasa que cuando vas a una clínica psiquiátrica pierdes momentáneamente la capacidad de recordar.
Recordar es un proceso. Mira: primero, fijas algo fuertemente a tu corazón, algo que en ese momento está ahí mismo, delante de ti y te das cuenta de que estás feliz; luego, al mismo tiempo que tu pecho se hincha, si te fijas bien-bien, algo duele, en serio que algo duele, y precisamente por ese dolor es que llegas al tercer paso: es el dolor de la pérdida inminente y te niegas a ella, capturas ese momento con alguno -o muchos cuando tienes fortuna- de tus sentidos, y el viento, los juegos de luz y sombra, el olor, la textura de este instante se vuelven tus servidores, tus amados esclavos que te transportarán en brazos a ese instante que es tu rehén. Asi queda fijado el recuerdo, como un apéndice vital dentro de ti.

Pero nada de eso puede pasar en una clínica psiquiátrica. Por eso cuando María Elena me dijo que inmediatamente tenía que ir a una, me puse feliz. Salté de alegría. Delante de mi mamá que lloraba, salté de alegría.

Que cómo hice eso, -¡no lo de saltar!-, cómo hice para entrar a una clínica psiquiátrica. De partida, obvio, me sentía tan triste que creía sinceramente que me iba a morir de pena, entonces, como todo el mundo, pensé que se pasaría y como no le pasa a todo el mundo, la pena aumentó. Entonces ya era año nuevo y los fuegos artificiales estaban a punto de salirseme por la garganta, no habían más lugares en donde esconderme para llorar y eso me hacía sentir aún más desgraciada.

-Mamá, no aguanto más -Apreté sus manitos huesudas. La facilidad del gesto de la desesperación en la cara de mi madre una vez más fue comprobada.
-¡¿No aguantas más de qué?! -Me sacudió las manos con fuerza y las apretó tanto que me dolió un poco.
-La vida, mamá, no aguanto la vida.
Caí sobre ella o ella cayó sobre mi. Caímos. Eso es cierto. Al mismo tiempo los fuegos artificiales se elevaron en el cielo.
-Feliz año nuevo, hija.

viernes 11 de septiembre de 2009

Capitulo I

Nunca he podido contar una historia; pero ésta es antigua. Y si bien no me la sé de memoria, creo que nunca podré olvidarla, porque es mia, porque es tuya, porque no es ni buena ni mala. La cuento porque creo que mi historia no es única, hay miles iguales, de muchas más como yo y muchos más como tú. Y quiero que ellas puedan llegar a este día, el día en que puedan empezar a armar su propia historia sin deshacerse en el camino.


Tendría que volver a mi infancia, desde ese entonces que el daño se manifestó en mi vida; y aunque no fue un daño muy explícito, creo que lo implícito ayudó a que por lo mismo ocupara un lugar muy profundo y grande dentro de mi. Viví 17 años con un hombre, mi padrastro, que me despreció toda su vida hasta que murió. De cáncer. Ahogándose frente a mi. Y mi mamá, motivada por el amor que sentia hacia él se olvidó de mi, aunque claro, suplía su ausencia con un millón de regalos que me hacían feliz los segundos que mi mamá estaba conmigo mostrándomelos y luego, cuando se iba, quedaban en mi estante de juguetes, y ellos probablemente se sentían tan solos como yo.

Decidí a los diez años escribirme una carta. La esquela era blanca, con un marco ovalado de flores pequeñas de colores pastel. Me escribi: María, tu mamá no te quiere, no hagas más esfuerzos. No llores. Yo te quiero mucho. María.

Enfermé de un millón de cosas desde los 5 años. Todas eran enfermedades nerviosas, los doctores le llamaban la atención a mi mamá porque tenia una hija muy pequeña para ser infeliz. Nueve años y dibujé una niña parada en la punta de sus pies: Señora, su hija tiene depresión y es muy chiquitita para eso. Pero cómo iba a ser posible. María reía y reía y reía, corría, jugaba, sonreia, era lista, muy madura para su edad. Yo no quería que mamá supiera que todas las noches dejaba de hacer la sonrisa para soltarme y llorar en silencio. Lo hice durante años. Justo después de rezar. Diosito tampoco podía saberlo. Hasta que mi tristeza se volvió transparente también para mi.

domingo 20 de julio de 2008

prólogo [lapidación]

Recuerdo cuando eras un niño extremadamente inteligente de manos lindas. Hoy ya no eres eso. Tus manos ya no tocan nada y el hilo de tu pensamiento se anudó a ese volantín rojo que una vez dejé libre porque estaba justo entre las dos montañas más grandes que jamás había visto en la cordillera. Allá arriba, ese hilo corta el aire, el hielo que tengo adentro es el glaciar más antiguo del mundo; los continentes se inundan, lo contenido se empapa de una tristeza pesada, densa como nunca porque no va a tomar forma de odio. No la va a tomar. El odio es informe y sorprende. Y aunque mi padre y aunque mi madre me hayan abandonado irremediablemente tú eres la persona que más daño me ha hecho en la vida.
Sigo creyendo que puedo hablar de todo esto.
Recuerdo cuando eras un niño extremadamente inteligente de manos lindas. Y tenías el pelo largo, el mismo que desgarraste con el filo de tus manos, las otras, no las de antes, en el medio de la calle en el medio de la noche en la médula de mi tristeza busco los que me arrancaste para dejarlos caer en una de las calles más horribles de Santiago. Indignos de sepultura. Tú y yo también. Tu olvidas.
Mientras yo recuerdo cuando eras un niño extremadamente inteligente de manos lindas.
Es lo único que quiero.