Pero C. se olvidó de mí. Yo la quería tanto, la conocí allá en la clínica, que, a decir verdad, para mi era una suerte de resort, con un lindo jardín de flores, tecito cuando tu quisieras, cigarrillos cuando tu quisieras, acceso permitido a la gente que tú quisieras, mermelada que hacía la monjita que manejaba el lugar con frutos sacados del jardín. Un gran taller en donde creábamos lo que quisiéramos, bajo la música que quisiéramos y toda la gente queriendo que uno esté bien. Era un buen lugar.
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Mi pololo de aquel entonces, hacía una hazaña increíble que aún valoro profundamente para ir a verme, si no recuerdo mal, casi todos los días. Viajaba dos horas o más en micro, solo para verme una o dos horas al día. Yo escondía la plata que me daba mi mamá para que él pudiese hacer todos esos viajes y se la entregaba. En una clínica no puedes tener plata. Ese gesto que duró mucho tiempo aun es importante para mi y tanto así, que años después escribí un poema muy hermoso y coloquial, que un amigo poeta dijo que era uno de los mejores que había leído. Ahí menciono sus trayectos, las calles por donde pasaba: Eloísa Díaz, La Calesa, lo imaginé años después haciendo ese viaje hasta mi. Cuando la vida nos costaba dos boletos de micro. Eso escribí. Llegaba y dormíamos. Cada uno en su propio sueño o pesadilla, no sé, pero te lo agradezco. Aunque por haberte hecho pasar por tantas cosas, ya no pueda ni siquiera hablarte de verguenza.
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Y C. debería sentir verguenza por olvidarse de mi. Verguenza porque éramos bacanes. Ahí en el Pensionado San José, clínica para señoritas, C. y yo nos dedicábamos a diversas manualidades, el tejido era una de las aficiones de la C. y éramos tan rudas y malas que cortábamos las lanas con el calor del cigarrillo prendido y tejíamos a dos manos, sujetando el cigarrillo con los labios. Esto pasó hace más de diez años, pero aun recuerdo que C. estaba tejiendo algo amarillo. Le gustaba el grupo chileno Los Miserables, a mi no, pero la quería igual. Yo me acuerdo, aunque ella me haya olvidado, de que ella también me quería. Me puso un sobrenombre: Suerito; porque todas las mañanas tenía que esperarme como tres horas a que me bajara todo el suero con los remedios para la tristeza antes de poder ir al taller juntas. Se paraba apoyándose en el marco de la puerta de mi habitación, toda flaca y oscura, y me decía "ya poh, Suerito, apúrate" y yo con cara de qué quieres que haga, la veía entrar haciendo ademanes sigilosos y manipulaba el regulador de goteo y me lo ponía al máximo. Dolía, porque el suero estaba helado -lo guardan en refrigeradores-, pero no me importaba, yo quería estar con C. Ella lo sabía, así que aparecía minutos después de que la enfermera me bajaba el goteo. Me lo volvía a aumentar, me hacia cariño en el brazo que me dolía de frío y me lo tapaba con muchas frazadas.
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-¿Te prendo un cigarro? -Me decía.
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Y abría mi cajón y sacaba mis Kent Super. Me prendía uno y me lo pasaba. Me acercaba el cenicero.
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-Ya. Así estás muy fome, vuelvo más rato.
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Ahora me doy cuenta de que quizás a C. le daba pena verme así.